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mal aire

Sinónimo(s): aguajque (Mor) (1), aigre (Mor) (2) (Oax) (3 y 4), aire (Ags) (5) (Coah) (6) (Chis) (7) (DF)(8 a 10) (Dgo)(11) (Edo Mex) (8) (12 a 18) (Gro) (19) (Mor) (20 a 25) (Oax) (26 a 29) (Pue) (30 a 32) (SLP) (33) (Ver) (34 y 35) (Yuc) (36 a 40), aire de arco iris (Edo Mex) (18), aireadas (Pue) (41), aire de basura (Edo Mex) (8) (18) (26) (Mor) (20), aire de cueva (Edo Mex) (8) (18), aire de noche (Edo Mex) (8) (18), aire maligno (Edo Mex) (42), aire malo (43 y 44), mal viento (Camp) (45) (Oax) (46) (Q Roo) (47) (Ver) (48 a 50) (Yuc) (47) (51 y 52), viento (Oax) (51) (Q Roo) (53) (Yuc) (54 a 56). Lengua indígena: Huichol tuki (57). Maya ik (53 y 54) (58). Mixe tsu boj windoy, aire maligno de la noche (59). Mochó kah?iq'swi? [60). Náhuatl ehécatl (61 a 65), yeyekátl(30) (61); yeyecatlicihuatl, aire de mujer(8) (18) (26). Tarahumara dipibíli, ikáka (66), ripiwíri (67). Totonaco nitlanun (68). Tzotzil ik (69). Zapoteco be?(51).

Viento dañino, percibido como un espectro viviente, o bien como una brisa exánime (V. aire). // Enfermedad ocasionada por la penetración de un vaho nocivo al interior del cuerpo. Afecta tanto a seres humanos como a animales, y entre sus complejas y variadas manifestaciones, destacan trastornos de los sistemas respiratorio, músculo-esquelético, digestivo y nervioso, los cuales pueden llevar a la muerte.

Las esencias que desencadenan este mal son múltiples y pueden clasificarse en los siguientes rubros: a) deidades diminutas que viajan en la brisa (30) (44) (61) (66) (70 a 72); b) el aliento de los dioses guardianes de la tierra (6) (9) (57 y 58); c) espíritus de personas asesinadas (18) (20) (70) (72 a 74), o bien de difuntos enfurecidos porque no se les honra en la fiesta de Todos Santos (65) (75); d) efluvios de un cadáver (63) (76 y 77); e) emanaciones de gente pecadora, en particular prostitutas y demás sujetos que participan de la sexualidad ilícita (8) (18) (20) (26) (78), de quienes poseen una mirada fuerte (41), o bien de personas envidiosas (70) (V. envidia); f) corrientes creadas por un brujo (6 y 7) (16) (43) (46) (48) (63) (69) (79 a 82), o surgidas de un ritual curativo (65) (83 y 84); g) los soplos desprendidos de un animal, con frecuencia un ave (37) (70) (85); h) las emisiones de un arco iris, rayo y demás fenómenos meteorológicos (8) (18) (46); e i) el viento físico que corre sobre la tierra (3) (6) (70). Cabe mencionar que todos estos agentes etiológicos llegan a figurar en las concepciones médicas de una misma etnia. Los nahuas de Tecospa, Estado de México, han elaborado una minuciosa clasificación de ellos: el aire de noche es el fantasma de un difunto, muerto por la violencia; el de cueva proviene de las exhalaciones de un duende de la lluvia (V. pingo); el de arco iris, del mismo prodigio atmosférico; y el de basura emana de las meretrices (8) (18) (26) (V. aire de arcoiris, aire de basura y aire de cueva). Conceptos similares destacan en las nociones de los morelenses de Tlayacapan, salvo que ellos mencionan una categoría adicional: el aire echado, entidad incorpórea manipulada por un hechicero con el fin de dañar a su víctima (20). Por su parte, los nahuas del norte veracruzano temen a muchos vahos deificados, cada uno con su nombre propio, a saber: "aire de agua", "aire sucio", "aire sucio del inframundo", "aire de tierra", "aire mujer de agua", "aire tropa del inframundo", "aire de sol", "aire tlecate", "aire tlachichi, "aire sucio del agua", "aire axicutla" y "aire floreado" (65) (86) (V. figuras de papel). Los mayas yucatecos perciben estos soplos ya sea como el hálito del alux, balam o chaak, todos ellos dioses terrestres; como entes voluntarios a las órdenes de estas deidades; o bien como efluvios de ciertas aves, en particular la guacamaya (37) (70) (85) (V. tancas).

Además de las clasificaciones étnicas, las modulaciones del léxico popular —despreciadas por los citadinos cultos al considerarlas incorrecciones gramaticales— permiten, hasta cierto punto, esclarecer a cuál de los entes volátiles se hace referencia. Así lo sugiere Kearney en su trabajo sobre la comunidad zapoteca de Ixtepeji: "aigre" hace referencia a las esencias de origen divino, de ultratumba o generadas por la brujería; en cambio, "aire" designa al viento atmosférico impersonal y profano, menos dañino que el primero (3) (V. aigre de hora, aigre puesto y brujo de lumbre). Los pobladores de Tlayacapan usan la locución "mal aire" para aludir a los espíritus de los asesinados, y omiten el calificativo cuando hablan de los silfos provenientes del inframundo, hormigueros (V. hormiga), barrancas, cuevas y manantiales (20). Es interesante notar que a pesar de las sutilezas, en esta comunidad impera la creencia de que todos los aires tienen volición.

Por desgracia, la mayoría de la información etnográfica no se ajusta a tales esquemas: algunos grupos utilizan los vocablos antes mencionados sin distinción, cuando versan sobre lo etéreo. Incluso, en Tecospa, la locución aire de noche puede referirse tanto a fantasmas como a los remusgos exánimes (8).

Si bien el padecimiento es consecuencia de la penetración de efluvios polutos al interior del organismo, para algunos médicos populares también implica una sustracción del alma (V. pérdida del alma). Así, el individuo es a la vez poseído por el aire, y despojado de un componente anímico vital, o viceversa. Algunos curanderos chinantecos piensan que al sustraerse el ánima llamada bi4, por lo regular a raíz de un susto o de una impresión fuerte, esta condición llega a empeorar con la entrada de un vaho dentro del paciente (87). Según los totonacos, los vientos dañinos son capaces de robar el espíritu de aquellos a quienes se encuentran en el camino (88). Los mixes mantienen un credo parecido, aunque con matices peculiares. Para ellos, el alma abandona el cuerpo durante el sueño y viaja por parajes remotos; en sus merodeos existe el peligro de que se encuentre con un espectro inmaterial, y lo traiga consigo al reingresar en el soma (59). En los Tuxtlas, Veracruz, los hechiceros roban el ánima de sus víctimas y, al mismo tiempo, les envían una ráfaga nociva que se posesiona de ellas (48). Por lo tanto, dos procesos causales de índole opuesta, la posesión y la sustracción, pueden intervenir de manera simultánea o sucesiva (70), y el resultado de esta doble etiología a veces se llama susto y a veces mal aire, dependiendo de los juicios de cada terapeuta.

Existe una serie de condiciones para que suceda un episodio de mal viento. Los niños, mujeres y personas de espíritu débil están más predispuestos a él (9) (17) (51) (70). También puede suscitarse por la acción punitiva de las deidades, enfurecidas con quienes no les rinden el culto debido (9) (18) (58) (70) (89). Por otro lado, cuando el individuo presenta un estado de acumulación calórica, sea por comer, dormir cobijado, trabajar o caminar, está más propenso a sufrir un trastorno (27) (33) (47). En Tlayacapan, la razón de esto descansa en el hecho de que los silfos son de cualidad fría y ansían el calor (20) (V. frío-calor). Creencias similares tienen los purépechas, aunque para ellos, la brisa no tiene las connotaciones mágicas que otros grupos le atribuyen (90). Por su parte, los zapotecos de Mitla, Oaxaca, afirman que pensar demasiado calienta la cabeza y atrae a los vientos (26 y 27). Puesto que los aires también fluyen de ciertas personas, los lugares públicos, especialmente las calles, son ambientes propicios para ellos. Un transeúnte puede recogerlos sin enfermar, pero al llegar a su casa, los puede trasmitir a un hijo suyo. Por tal motivo, se acostumbra esperar un momento antes de cruzar el portal de la vivienda, con el fin de librarse de ellos, y no introducirlos al recinto (20). Además, su profusión acrecienta o disminuye según las horas y la época del año. Los nahuas de Atla, Puebla, perciben una mayor abundancia de aires en los días martes y viernes (30). Tarahumaras y mayas suponen mayor peligro a las doce del día (67) (V. ripí-wirí). De acuerdo con los totonacos, éste aumenta durante la canícula, periodo comprendido entre el 20 de julio y el 25 de agosto (88).

Son varios los puntos anatómicos por donde penetran estas corrientes, pero entre ellos destacan los ojos (80) (87). Para los otomíes de Huixquilucan, Estado de México, cualquier lesión es una posible vía de acceso; incluso piensan que las inyecciones ocasionan su entrada (12). De ahí que la cercanía a heridos constituya un riesgo, pues éstos logran transmitir los miasmas —efluvios malignos— que han adquirido (91). Ya al interior del organismo, los aires no permanecen en una región anatómica precisa, sino que corren de un lado a otro, ocasionándole al poseso malestares diversos (40). Tan compleja es la etiología del síndrome, como su cuadro sintomatológico. La siguiente tabla —obtenida a partir de treinta y seis trabajos etnográficos— enumera, por orden de frecuencia, los múltiples signos atribuidos a él:

dolor generalizado

dolor de cabeza

parálisis

trastornos mentales

calentura

cuerpo frío

afecciones oculares

debilidad

vómito

convulsiones

afecciones dérmicas

dolor de oídos

mareo

dolor de huesos

lloriqueo

labios torcidos

palpitaciones

diarrea

inapetencia

cólicos

extremidades hinchadas

pérdida del habla

somnolencia

desmayos

insomnio

adelgazamiento

vientre inflamado

pigmentación amarilla

comezón

sudoración

sordera

dolor de muelas

catarro

tos

tumores

La muestra corresponde a testimonios dados por informantes huastecos (84), pames (33), otomíes (12) (15) (92), mazahuas (14) (16), matlatzincas (13), mazatecos (46) (80), zapotecos (26 y 27), tarahumaras (67), nahuas (8 y 9) (18) (23 y 24) (26) (62) (65), popolucas (49), mayas (47) (81) (85), tzeltales (7), tzotziles (43) (69), mixes (59), totonacos (41) (93), mochos (60) y mestizos de Morelos (21 y 22) y Veracruz (34) (48) (89). A pesar de su diversidad, las manifestaciones forman grupos más o menos definidos, a saber: a) dolores musculares, que algunos autores asocian al reumatismo, acompañados de la sensación de tener el cuerpo frío (18) (33) (41) (46) (67) (69), y en ocasiones a la parálisis facial (33); b) afecciones oculares propias del aire de basura, entidad nosológica común al discurso nahua mexiquense y a los pobladores de Tlayacapan (8) (18) (20) (26); c) dolores corporales y de coyunturas acompañados de parálisis de miembros, erupciones cutáneas y, en menor medida, escalofríos y trastornos respiratorios, signos distintivos del aire de cueva tecospeño y de otros vientos (8) (18) (22) (26); d) dolor de cabeza como único síntoma (26) (49) (89); e) cefalgia con trastornos digestivos, mareos y a veces nerviosismo, calentura y dolor de oídos (13 y 14) (27) (34) (47) (93);/) dolor de cabeza, convulsiones y parálisis de extremidades (9) (15) (24) (34) acompañados, con menor incidencia, de calentura, cambio de la conducta, insomnio, hinchazón de miembros y sordera (9) (24), o, rara vez de dolor de muelas y de oídos (34); g) trastorno mental, sea a raíz de intensas fiebres o de algún desequilibrio psicológico (16) (48) (59 y 60) (80), a veces manifiesto por la pérdida del habla y la función cognoscitiva, además de taquicardia, palidez y diarrea (60); h) parálisis facial, en ocasiones con escalofríos y comezón (18) (23) (65); i) náusea, hinchazón y manchas blancas en la piel (18); j) síntomas aislados de calentura y debilitamiento (46) (92); y k) una sola mención de esterilidad (62). Dependiendo de la etnia, uno o varios de estos cúmulos sintomáticos resumen las formas que puede adoptar el padecimiento. Por ejemplo, debido a que los nahuas se encuentran dispersos en varios estados, presentan variantes dialectales —y posiblemente culturales—, y además tienen una elaborada clasificación de los aires, sus concepciones de esta enfermedad incluyen a casi todas las modalidades anteriores. Por su parte, los mazatecos la reconocen por: dolores musculares parecidos al reumatismo, pues de ellos dicen que se sienten como "piquetes de víbora en todo el cuerpo"; trastornos mentales sin dolor; o bien, simples calenturas. Quizá estas diferencias en la sintomatología se deban a las distintas zonas dialectales y culturales de la etnia, quizá también a que cada cuadro sugiere una ráfaga peculiar. En efecto, los mazatecos atribuyen el mal aire, ya sea a partículas emanadas por un rayo, las cuales sólo provocan calentura (46); a la brujería que ocasiona dolores musculares o trastornos de la conducta (46) (80); o a la violencia —rasgo destacado en su historia— de la cual fluyen corrientes etéreas que logran penetrar en los inocentes y producirles fiebres delirantes (80). Para los zapotecos del valle oaxaqueño, el mal aire se manifiesta por un dolor de cabeza, sea como único síntoma, o bien acompañado de trastornos digestivos. Quienes más hacen hincapié en la relación de causa y efecto, son los mayas. Según ellos, cada viento produce signos distintos: hulné ik, "flechazos de aire", ocasiona punzadas dolorosas; buyul tun ík, "viento-vértigo", produce debilidad y mareos (85).

Hay una particularidad importante entre la causa del mal y el comportamiento del paciente. Los casos donde el trastorno mental es el rasgo más destacado, ocurren cuando el enfermo ha sido desprovisto de un soplo anímico y, posteriormente, se le introduce un silfo. Por lo menos así lo manifiestan los mixes, mazatecos, mazahuas y habitantes de los Tuxtlas (16) (48) (59) (80). Sin embargo, hay excepciones a esta regla: los mochos del oriente chiapaneco cuentan, entre sus nosologías, con un padecimiento llamado kah?iq’šwi?. Este deviene del ataque de una ráfaga caliente sobre el organismo, que genera tristeza, palidez, taquicardia, diarrea, pérdida del habla y disturbios de las facultades mentales; en este caso, no hay menciones de un desposeimiento anímico previo (60).

El diagnóstico se establece haciendo uso de varias técnicas. La más socorrida por los terapeutas morelenses es frotarle al doliente un huevo y después verter la clara y la yema en un vaso de agua. Si la primera forma excrecencias semejantes a remolinos, aparece turbia —sin la transparencia normal— o bien presenta burbujas, no hay duda en cuanto a la naturaleza del malestar: ha sido ocasionado por un viento nocivo. Incluso, los terapeutas de Hueyapan afirman que en la clara se vislumbran paisajes en miniatura, sean cerros, valles, arroyos, etcétera, todos indicativos de los parajes donde sucedió el achaque (94). Los otomíes poblanos y los tzotziles recurren a la interpretación de los sueños: según los primeros, las visiones de animales delatan al aire como agente causal (95); en cambio, los segundos llegan a la misma conclusión cuando atisban gente bebiendo un refresco o comiendo un platillo sabroso. En este segundo caso, destaca un paralelismo entre la realidad y la quimera: la intrusión de corrientes patógenas al interior del organismo queda reflejada en el inconsciente como la ingestión de alimento, clara alusión a que algo entra al cuerpo (96) (V. sueño). En Mecayapan, Veracruz, el curandero nahua finca su diagnosis induciéndole alucinaciones a su paciente: frente a él pone sus manos, y si con este gesto el poseso experimenta visiones, entonces adolece de mal aire (97).

La literatura reporta varias acciones preventivas contra tal infestación. Puesto que los niños son muy susceptibles a ella, es una práctica común entre los zapotecos cubrirles la cabeza al sacarlos fuera del hogar (28). Por su parte, los nahuas morelenses les prohíben jugar con agua, elemento del cual brotan los remusgos enfermantes (24). Ciertos talismanes dotan al individuo, sea niño o adulto, de protección: en el Altiplano Central, sobresalen los listones rojos (9); en cambio, los médicos mixes aconsejan cargar un colmillo de jaguar (59). A juicio de los tlayacapenses, la sangre débil agrada a los silfos; por consiguiente, es menester fortalecerla ya sea bebiendo ron o comiendo sal y cebolla antes de exponerse a la intemperie (20). Además de las medidas individuales, existen otras de índole colectiva, practicadas con la finalidad de resguardar al conjunto de la unidad doméstica. Así, los mecayapenses suelen enterrar siete pedazos de vela, siete dientes de ajo, agua bendita y mostaza en cada esquina de la vivienda (97). En Santa Ana Tlacotenco, Distrito Federal, la puérpera y su hijo se protegen colocando ramas de pirul, chile y huaraches viejos bajo la cama (98).

Puesto que el mal aire constituye una contaminación, la terapia va encaminada a purificar al individuo macilento. En consecuencia, las friegas con plantas y huevo, técnicas de gran difusión llamadas limpias, son la piedra angular de la curación (V. limpia). Dependiendo de la gravedad del proceso morboso, los elementos usados varían. Por ejemplo, en Santa Ana Tlacotenco, los casos leves requieren de fricciones con un huevo de gallina; en cambio, para tratar episodios más complicados, éste debe ser de pichón (9). Otras curaciones arraigadas en el país, incluyen sahumerios con vapores aromáticos, y succiones, sean de boca del terapeuta o bien la aplicación de ventosas. Además, se deben tomar infusiones de plantas medicinales; por ejemplo, los curanderos tabasqueños recetan brebajes elaborados con la corteza del palo mulato (Bursera simaruba) (99). En aquellos casos atribuidos a los númenes del viento o a los dioses que los comandan, dichas expurgaciones se acompañan con ofrendas a la divinidad, a manera de tributo. El tratamiento contra las emanaciones de prostitutas y lascivos presenta matices singulares, pues consiste en frotar al enfermo, por lo regular un infante, con el cordón umbilical de un hermano mayor. De ahí la arraigada costumbre rural de guardar estos tejidos después del parto. Junto con las limpias, los baños se recomiendan para aliviar aquellos trances que cursan con dolores musculares. Dichas ablusiones pueden ser de temazcal, como acostumbran los nahuas de Tecospa (8), o de asiento, conforme a la tradición tarahumara (67). Los curanderos mazatecos alivian las dolencias punzando las regiones anatómicas afectadas con un colmillo de víbora (46). Por su parte, los zapotecos recomiendan tomar Aspirina y recibir masajes con grasa de puma para mitigar la cefalalgia que imputan al aire (27). Algunos informantes matlatzincas señalan que el mal es autolimitante, pues según dicen "se quita solo", clara alusión a una sintomatología poco complicada (13). De manera análoga, los informantes capitalinos de Campos-Navarro afirman que la enfermedad no es grave y puede ser curada en casa, sin la intervención de un especialista tradicional (10).

Una vez finalizada la terapia, el conjunto de materiales curativos queda impregnado de los miasmas extraídos. Es menester deshacerse de él, para evitar que otros miembros de la comunidad queden contagiados. Suele depositarse en parajes remotos o en los cruces de camino; también puede ser arrojado al fuego (83) (85 y 86). En caso de que un brujo haya enviado el mal, y el paciente exija venganza, el terapeuta lleva el fardo a la casa del hechicero y, a escondidas, lo deja allí; así, el mal infecta a quien lo despachó (65) (83).

Las creencias en torno a estas ráfagas morbíficas parecen ser comunes a múltiples grupos humanos del globo. Griegos y romanos creían en los espíritus invisibles del aire, elemento que a su vez constituía al cosmos. Ideas similares dominaban la teogonía y ciencia prehispánicas. Para los antiguos nahuas, Ehécatl era el dios del viento, por lo general una manifestación de Quetzalcóatl; pero en su acepción de Yoalli-Ehécatl, "viento de la noche", aludía a Tezcatlipoca. Al mismo tiempo, era el dominio de los tlaloques o señores de la lluvia (20) (100). Quienes morían de manera honrosa iban a su morada de ultratumba en el Tlalocan, donde se convertían en ehecatonin (plural de ehécatl), dioses menores encargados de mandar lluvias, ventiscas y enfermedades sobre la Tierra. Por su parte, los mayas atribuían diversas dolencias a la brisa exánime. Incluso, algunos mayistas sostienen que la idea de miasmas personificados es reciente, pues los manuscritos indígenas de la Colonia hacen poca mención de ellos. Al respecto, Villa Rojas cita a Roys para defender este punto de vista:

Aun cuando el término ik (aire) ha estado siempre asociado con las enfermedades del sistema repiratorio, así como con los vientos que soplan, la idea de vientos malignos personificados como causa de enfermedad, parece haber aparecido bastante tarde en la literatura de la época colonial (85:21).

No obstante, tal afirmación tiene sus escollos. El ritual de los bacabes, texto indígena de conjuros y recetas médicas, hace referencia a varios dioses de naturaleza etérea y patógena. El manuscrito que hoy se conoce data del siglo XVIII y, por ende, confirma lo expuesto en la cita anterior; sin embargo, el mismo Roys presenta evidencias para suponer que se trata de una copia, cuyo original se escribió a finales del siglo XVI. Permanece, pues, la incógnita: ¿figuraban ya los remusgos vivientes en el original, o fueron incorporados a versiones posteriores? Los pasajes trascritos a continuación, si bien no responden a la interrogante, ponen de relieve las creencias mayas acerca de los vientos y sus consecuencias:

El texto para curar el trance eróticoIncoherente es el habla de la persona debido a la fiebre.Siente la persona un impulso para correr,debido ciertamente a su locura...Trece veceshabrá de girar (el enfermo)con la mirada hacia el cielo para recibir en ayunas el chichibe rojo [Maluastrum coromandelianum],el tabaco rojo... para que con el jugo del chichibe y con el jugo del sac nicte "plumeria-blanca" [Plumería alba]los remoje yo para que beba (el enfermo).¡Atención!Yo seré quien deshaga vuestro conjuro Yum Ac Uinic Ik "Señor-del-viento-enano" Nicte Tancas "Frenesí-erótico". Ambos nombres habrán de mencionarse para curar a la persona.Habla disparatadamente, se dispone a correr (esto significa que) fue atacado por un mal viento... (101:288-290).
Esto es para curar el viento de Nicte Tancas "frenesí-erótico"que le sobreviene a una persona.Completamente libre (del cuerpo de) madera completamente libre (del cuerpo de) piedra fuertemente abrazando a las nubes intensamente abrazando al viento. Trece veces me erguí y me puse de pie para llamar al viento maligno... (101: 313-314).

Más allá del origen histórico, conviene dejar a los indígenas actuales explicar la procedencia de los aires, según sus propias cosmologías. Para los nahuas de Atla, Puebla, los aires son quienes, en los albores de la última creación, persiguieron y maltrataron a Cristo; él los maldijo y los condenó a vivir en barrancas, cuevas, cerros y demás rincones solitarios (30) (V. ). No en balde, los otomíes de la misma región los llaman también judíos, menos por un prejuicio antisemita, que por un sincretismo del Nuevo Testamento y la teogonía prehispánica (86).

Por último, no toda afección suscitada por estas corrientes recibe el apelativo de mal aire. La medicina popular de hoy cuenta con diversas entidades nosológicas que si bien son causadas por los aires, tienen diferentes nombres, unas veces evocativos de la sintomatología, y otras apropiaciones de términos europeos. Existen también enfermedades en las que la penetración de miasmas es sólo uno de varios desencadenantes. El siguiente cuadro contiene dichos vocablos asociados:

Índice de Autores


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(88) Ichon, A., 1973.

(89) Balam Pereira, G., 1988.

(90) Young, J. C., 1981.

(91) Tax, S., 1966.

(92) Christensen, B., 1953.

(93) Villalobos Contreras, G., 1989.

(94) Álvarez Heydenreich, L., 1987.

(95) Galinier, J., 1990.

(96) Laughlin, R. M., 1980.

(97) Bautista Castillo, I., 1985.

(98) Leitier Ferrari, W., 1982.

(99) Garcés Medina, A. R., 1989.

(100) Burkhart, L. M., 1989.

(101) El ritual de los bacabes, 1987.

DM


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